Sergio González.

La guerra más grande que libra Satanás hoy en día, es contra las familias católicas, porque son consagradas por Dios en un sacramento indisoluble como lo es el matrimonio. Un sacramento representa lo sagrado, el sacramento del matrimonio católico, la consagración de la familia a Dios. El matrimonio católico debe estar anclado en la familia, en la conversión del pecado y en la esperanza de la vida eterna. El matrimonio católico consagra así la vida humana a la vida espiritual en comunión eterna porque nos prepara para el matrimonio eterno, nos prepara para estar con Dios.
“Por esa causa dejará el hombre a su padre y a su madre, se juntará con su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos sino una sola carne. Lo que unió Dios que no lo separe el hombre.” (Mat, 19: 5-6).
En el matrimonio católico hay que ponerlo todo y hay que ponerlo todos los días, valorando, defendiendo, protegiendo e incrementando el amor de Dios en los corazones de los esposos. Es claro entonces, como lo dice la palabra de Dios, que lo que Él une no lo puede separar el hombre, ¿entonces quién separa?, la respuesta es Satanás, robando en los matrimonios católicos la gracia de la humildad, la oración y los sacramentos, debilitando la voluntad humana y enfermando el alma que deja de tener la fuerza para perdonar, dislocando así el amor que Dios deposita en los corazones de los esposos, rebajándolo a un amor humano que da, esperando cobrar la cuenta, esperando recibir algo a cambio, que ama con la mirada en el mundo y no en la eternidad, tal como Dios nos ama, de forma incondicional, a pesar que el hombre sea condicional.
Dios busca la vida buena, la felicidad y la realización del ser humano, por consiguiente busca que el matrimonio se realice y rinda frutos, porque alberga una promesa de vida eterna. Pero Satanás lucha contra esta realización, arrebatando a los amorosos las palabras de amor que pueden endulzar sus corazones, transformando sus lenguas en fuego y sus palabras en veneno mortal cuya intención es someter al orgullo el corazón bueno de los amorosos.
“El que no peca de palabra es hombre perfecto, capaz de gobernar todo su cuerpo como con un freno. (Sant, 3:2) la lengua es fuego; la lengua, que es un mundo de iniquidad, ha sido puesta en nuestros miembros; esa lengua que contamina todo el cuerpo, encendiendo todo nuestro organismo cuando el infierno para ello la inflama. (Sant, 3:6) pero ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal turbulento, está lleno de mortal veneno. Con ella bendecimos a nuestro Señor, a nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca sale la bendición y la maldición.” (Sant, 3:8-10).
Es entonces cuando el maligno, somete la lengua del esposo y la esposa, incapaces de gobernarse por sí mismos, a través del orgullo que provoca la racionalidad humana fincada en una falsa sabiduría, la razón y creer tener la razón comienza a ser un terreno de disputa donde nadie cede, donde solo triunfa Satanás.
“Que ninguno se engañe: si alguno de entre vosotros cree ser sabio en este mundo, que se vuelva loco para llegar a ser sabio. La sabiduría de este mundo comparada con la de Dios, es locura. (1 Cor, 3:18-19). El mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro. Sí, todo es vuestro; pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.” (1 Cor, 3:22-23).
Solo con la ayuda de la oración en el Espíritu Santo, la quietud de las palabras se torna alabanza, gloria y adoración a nuestro Señor, por ello en el matrimonio católico la oración entre los amorosos es fundamental para doblegar al maligno, porque la lucha que se entabla en el mundo terrenal, donde vive Satanás, es diaria, como diarios son los milagros que Dios realiza en las familias que están consagradas al Padre celestial.
Las pasiones y los delirios de la carne son otra forma a través de la cual Satanás busca someter, esclavizar y torturar mente, cuerpo y alma en los matrimonios, haciéndoles olvidar que la única entrega que el marido tiene de su cuerpo es con su mujer y viceversa, en ello la palabra de Dios nos dice:
“Que el hombre le pague a su mujer la deuda que con ella tiene, e igualmente la mujer con el marido. La mujer no manda en su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no manda en su cuerpo, sino la mujer. No os privéis de eso el uno al otro, a no ser de común acuerdo y por un tiempo, para entregarse a la oración. Pero que sea para juntaros otra vez, para que no os tiente Satanás, si no domináis vuestras pasiones.” (1 Cor, 7:3-5).
Satanás, en su camino a la separación del matrimonio católico, también esclaviza a los esposos y los tortura de la manera más cruel, atando su corazón al orgullo, haciendo estéril la semilla de la uva que Dios siembra en sus corazones, para que produzcan vino bueno como en las bodas de Caná, donde del agua, Cristo ofrece el mejor vino, así del corazón de los amorosos, quienes al consagrar su vida ante el altar ofrecen sus corazones humanos para que se haga el milagro de la vida en el amor de Dios. Pero el maligno, siempre se interpondrá en esta realización, pudriendo la vid y agriando la uva buena, llagando el corazón de los amorosos y haciendo brotar pus, impidiéndole perdonar el agravio, impidiéndole humillarse, impidiéndole ser humilde, virtudes que brotan del corazón misericordioso de Nuestro Señor Jesucristo y que el mal aborrece.
Un matrimonio católico que no se humilla, que carece de perdón y de humildad, es un matrimonio que vive en guerra y no encuentra paz, porque la disputa es comandada por Satanás, esclavizando el corazón y la mente para controlar la voluntad humana y hacerle creer que la disputa real en esta vida es por la “felicidad” a toda costa, una “felicidad” que llene el cuerpo mientras dure la vida, pero felicidad falsa después de todo porque mantiene sometidos a los matrimonios a una disputa por terrenos estériles, infértiles y anclados en la racionalidad humana.
Las disputas en el matrimonio son signo de la presencia de Satanás, sin embargo, un matrimonio que mantienen a Dios en su hogar día a día sabe que su vida está mandada por el Padre a ser santificada en los sacramentos, a tener una vida sobre humana, espiritual y en comunión con Dios, por medio de la reconciliación de un corazón arrepentido, por lo tanto, no es posible persistir en querer seguir adelante con la razón, los impulsos, las emociones, las pulsiones y demás elementos humanos que somete el maligno a su voluntad, con el afán de provocar la separación de los amorosos.
Por ello un matrimonio católico no puede prescindir de la comunión y del sacramento de la reconciliación, ya que vivir en comunión con Dios es vivir en reconciliación con Él, con nosotros y con el otro, poniendo en el confesionario y ante el Sacerdote toda la miseria humana que puede albergar el esposo y la esposa, para pedir con Fé ante Dios nuestro, la gracia de sufrir el arrepentimiento, vivir el perdón y renacer en el carisma santo del amor y la caridad al otro.
El ser humano siempre “piensa” que él es el último, quiere padecer como víctima, en las disputas matrimoniales sucede lo mismo entre el esposo y la esposa, Satanás opera de forma astuta la mente y la voluntad de ambos para que olvidemos constantemente que Dios nos llama a servir al otro siempre y en todo lugar. En el matrimonio católico servir al otro significa que tú siempre serás el último, pero cuidando de no guardar en el corazón la cuenta de los actos, si el otro no lo mira, confiadamente camina, porque Dios lo ve todo y mira la intención que guarda tu corazón, de esa manera, la humildad siempre triunfará ante un matrimonio que se llenó de orgullo.
El matrimonio católico es sacramental, se instituyó como tal en la Iglesia cuando los esposos el día de su boda se comprometen el uno con el otro ante Dios, por ello todas las disputas del matrimonio que no ceden por estar liadas en el terreno humano, se deben llevar al confesionario, aprendiendo a dejar de señalar al otro con el dedo hacia fuera, señalando con el dedo hacia nosotros mismos, porque acusar al otro es maldecirlo y con ello se maldice uno a sí mismo, porque para juzgar solamente Dios. “Al hombre le parece bien todo lo que hace, pero el Señor es quien juzga las intenciones.” (Prov. 21:2) Por ello, un matrimonio sacramental comienza por cambiar el “Yo te acuso,” por el “Yo me acuso,” pero ante el sacramento de la reconciliación, en el confesionario y ante el Sacerdote, nunca ante sí mismo o el otro, porque quien acusa no es el esposo o la esposa, sino Satanás, quien toma el cuerpo y levanta el dedo para acusar, engendrando así su propósito de separación.
Todos los conflictos del hogar católico se solucionan en el confesionario, ante la presencia mística de Dios, así, el matrimonio católico vive una experiencia mística en el sacramento y camina confiadamente en Dios, porque sus corazones saben que para él no hay conflicto imposible. Así, el matrimonio, día a día lucha en la renuncia a enfrentarse con el otro en argumentos y discusiones que solo buscan defender territorios humanos en esta tierra, donde Satanás fue arrojado por desafiar de esta forma a Dios. Esta renuncia que hacen los esposos en el confesionario, trae de manera sobre natural sanción y libertad a su hogar, permitiendo que el sacramento de la reconciliación sea perfecto en el corazón de Dios sacramentado, donde brota la más infinita misericordia, de la cual aflora el amor del matrimonio bueno.
Allí donde la mujer y el hombre no ceden terreno es síntoma de la ausencia del Espíritu Santo, porque Dios nos ha cedido todo a manos llenas, siéndonos fiel a pesar de nuestra infidelidad, provocada por el pecado y su gobernante, Satanás. Por ello, ceder en el matrimonio significa ceder a la obra de Dios en nuestras vidas, a la realización de la vida eterna en nosotros, ceder en el matrimonio católico siempre y en todo momento, nos enseña a ceder poco a poco nuestra vida a la voluntad del Padre, y así, cediendo día a día más la voluntad humana, el esposo y la esposa se van encontrando cediendo en un sí incondicional a la voz del Espíritu Santo en sus vidas. Cuando los amorosos dentro del matrimonio ceden a la disputa, al diálogo infructuoso, a la racionalidad humana y en general al mundo, es un signo de la presencia del Espíritu Santo en sus corazones, es la huella que labra el sendero a un matrimonio eterno que vivirá por siempre en comunión, dentro del corazón misericordioso del Padre.
De esta forma, la prédica del perdón es el camino a la misericordia, donde brota el amor de Dios quien siempre fiel perdona a sus hijos en el arrepentimiento. La prédica de la humillación nos debe recordar que es un ofrecimiento a Dios, no al hombre, pero el maligno quien tiene permitido manipular nuestra mente nos enorgullece y nos impide doblar rodilla ante el agravio, tal como Cristo nos enseñó camino a la cruz. La humildad, por su parte, nos muestra la caridad y el servicio al prójimo, como María madre de Dios, sirvió a su prima Santa Isabel y como Jesucristo en la última cena a sus apóstoles en el lavatorio de pies. Así debe ser un matrimonio católico que lucha por ser feliz de la mano de Dios, amorosos que perdonan, que se humillan y que son humildes el uno con el otro, porque saben que en la mirada de su compañero(a), encuentran a cada despertar la mirada eterna de Dios Padre todo poderoso.
Solamente de esta manera, los esposos podrán enfrentar la adversidad, tomarse de las manos en oración y cuestionarse: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?” (Rom, 8:35) “¿Qué diremos de todo eso? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom, 8:31).
En el matrimonio católico el hombre y la mujer no se separan, “La mujer queda ligada al marido mientras éste viva” (1 Cor, 7:39), está dicho en el evangelio, es palabra de Dios, el que divorcia es Satanás quien sabe que la familia representa un amor eterno, nuestros padres y hermanos nunca dejarán de serlo, por ello solo se le permite al maligno actuar desde nuestro orgullo para alejarnos de ellos, pero entre los matrimonios no ocurre igual, porque ambos se unen de familias distintas y encuentran su comunión en el amor que Dios deposita en el corazón del marido y de su mujer. Dentro del matrimonio católico se cultiva el camino a la eternidad con Dios, por fincarse en un sacramento de fidelidad, de amor y de lucha terrenal que nos prepara para la vida eterna, esto es lo que repudia el diablo del matrimonio católico, su indisolubilidad y su consagración como instrumento terrenal para caminar hacia el matrimonio eterno, con Dios.
Así, el matrimonio católico prepara nuestra alma, que no tiene género, para el matrimonio eterno con la llegada del Reino de Dios, “Pero ese día y esa hora no los sabe nadie, ni los ángeles de Dios, ni el Hijo, tan solo el Padre.” (Mat, 24:36)
“El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: Ya viene el esposo, salgan a su encuentro. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: ¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan? Pero estas les respondieron: No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.” (Mat, 25: 1-13).
El esposo es Dios, nuestra vida humana debe prepararnos para ese matrimonio eterno y el sacramento del matrimonio con sus tribulaciones es el camino preparatorio, por eso está dicho en las escrituras “Que la mujer no se separe del marido, y que si llegare a separarse, viva sola, o que se reconcilie con su marido y que el marido no repudie a la mujer” (1 Cor, 7:10-11), porque en ello se alberga una promesa de vida eterna.