miércoles, 1 de diciembre de 2010

Las condiciones actuales del conflicto entre Medio Oriente y Occidente ¿combatientes ilegales?

Por: Sergio Daniel González Téllez.
UNAM-Facultad de Filosofía y Letras.

Con el inicio del nuevo milenio, Estados Unidos también inició una nueva forma de combatir y estimular sus deseos de ambición imperialista en Medio Oriente. Y es que desde los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre del 2001, jamás habíamos visto en la historia contemporánea de la humanidad una mediatización tan exitosa del discurso norteamericano de exclusión ante “el otro”, no como persona, ni siquiera como rival de guerra a quien en la época helénica y romana imperial se le debía el respeto y el temor ganado en combate. No, ahora no, ahora el discurso de la guerra en sus códigos mismos habría de cambiar; ahora, Medio Oriente es visto como un “eje del mal” donde “terroristas” como Osama Bin Laden quieren quebrantar el orden mundial y la paz impuesta por EEUU. Ahora el eje del mal es el enemigo no solamente de Washington sino del mundo entero y la misión del Imperio será desde entonces la de proteger a sus subordinados para restaurar nuevamente el orden y la paz que imperaron desde el fin de la Guerra Fría.

El 3 de febrero del 2002 el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, define a los escuadrones militares del Talibán y de Al- Qaida como “unlawful combatants” (combatientes ilegales);(1) y a partir de este momento encontramos una postura clara por parte de las líneas de defensa norteamericanas por querer diferenciar entre los prisioneros en la bahía de Guantánamo, que durante muchos decenios ha servido como el gran corral yanqui de prácticas de tortura inhumanas sobre prisioneros de guerra de Afganistán, con un status “normal” (ladrones, asesinos, violadores o traficantes) de prisioneros capturados en guerra y que se identifican como una amenaza terrorista para la humanidad.

Al ladrón, al asesino, al traficante y a tantos otros prisioneros “normales” se les consideró criminales sujetos a proceso pero dentro de la ley, en tanto que al Talibán se le excluiría e incluso se le privaría de este estatus al considerarle un unlawful combatants, un no criminal, un combatiente que se bate en el campo sin ley alguna y por tanto no está dentro de la ley y como tal no es un individuo sujeto a proceso penal.

El concepto de unlawful combatants emana de una idea que se está gestando en el contexto de una “guerra” que no tiene más enemigos que el terror norteamericano al fundamentalismo islámico, este concepto y todo lo que él encierra brota de un espacio que representa una concentración de conciencias tal como representó la figura del “campo de concentración” o de los “ghettos” en la Alemania nazi para el pueblo judío. Dentro de esa concentración de conciencias el transito del concepto a la idea para poder definir y enmarcar al Talibán denota un severo proceso de elección y de riesgo, quien tiene el control sobre este espacio tiene la capacidad de elegir, mientras que “el otro”, aquel que ni siquiera es un criminal en plena “normalidad” simplemente asume el riesgo.

Al respecto podemos mencionar los ejemplos del juicio a Saddam Hussein y de los ataques sistemáticos a Cisjordania, dos ejemplos de cómo el llamado terrorismo detona el actuar del “combatiente ilegal” en el espacio de concentración de los vencedores, espacio donde se degrada la capacidad política de un sujeto a partir de la construcción de un concepto que implica también la construcción y la concentración de un ghetto moderno para apandar al terrorista no criminalizado en una guerra de terror por parte de quien ejerce la fuerza mundial por las armas.

El primer ejemplo claro de cómo el “terrorista” asume el riesgo de las elecciones del otro lo encontraremos en la escena que vivió el llamado “proceso penal” de Saddam Hussein con una Corte creada por los vencedores en la invasión a Iraq del 2003 y que terminaría por sentenciar a la horca a Hussein. El ex presidente de los EEUU George W. Bush, en algo que realizó a la perfección durante su mandato, justificó la invasión y la muerte del ex mandatario de Iraq a través del supuesto terrorismo que éste practicó, mediante la proliferación de Armas de Destrucción Masiva (ADM) y a través de la acusación de crímenes de lesa humanidad por parte de la Corte de Apelaciones Iraquí creada ex profeso por los yanquis para juzgar al ex líder iraquí.

El segundo ejemplo lo vemos en los sucesivos hostigamientos al territorio de Cisjordania cuando el ejército Israelí, por cierto apoyado y armado hasta los dientes por EEUU, ataca a la infraestructura civil y de seguridad palestina de una manera incesante al extremo de acribillar a civiles y policías palestinos por igual. Aquí, el espacio de concentración lo define Israel mediante operaciones bélicas “antiterroristas” que al toparse con la resistencia palestina, simplemente termina por justificar sus actos al degradar todo estrado de defensa palestina en Cisjordania en aras del “terrorismo de Estado” que no deja de ser más que una idea en el inconsciente israelí, pero una idea que imprime la elección de no asumir el riesgo de los daños ya que los daños los asume palestina en virtud de su “terrorismo” por demás de facto.

Esta es una guerra donde el embate bélico asume la sombra cautiva del silencio porque el enemigo no está definido más allá del imaginario colectivo del opresor, el ghetto del combatiente ilegal hace que la figura del “enemigo” pierda todo estrado de soldado o de criminal ya que el terrorista de Al-Qaida desde la caída de las Torres Gemelas se presentó en la esfera mundial como acciones terroristas y no como acciones políticas. Este apolitismo que concentró y concentra aun EEUU en torno a su “campo de concentración mental” hace que bajo la careta del terrorista se esconda la sombra del combatiente ilegal que es borrado del plano político universal para ser obligado a proyectarse en el plano del espacio de concentración yanqui como un ser sin derechos que como tal no tiene derecho ni siquiera a la vida.

Recientemente fuimos testigos de una gran estulticia cuando el presidente Barack Obama recibió el Premio Nobel de la Paz por su supuesto papel decisivo en la guerra contra el terrorismo, defendiendo la guerra “necesaria y justa,” al más puro estilo de la política orwelliana de la “guerra es la paz” que se hace realidad en manos del imperio más poderoso del mundo, de aquí que EEUU encuentre una justificación plena para entablar una guerra frontal contra el Talibán.

La invasión a Irak fue un ejemplo de la más grande ambivalencia nunca antes vista, la guerra y el humanitarismo. La guerra con todo y sus atrocidades, con todo y ese espectro de devastación, muerte, hambre y ruina frente a la ayuda humanitaria para sopesar sus efectos por demás funestos y devastadores a cargo de una misma nación, o quizá debamos decir superpotencia encargada de establecer un pretendido new world order “nuevo orden mundial”, un orden donde no habrá más un Oriente Próximo con Talibanes terroristas y fundamentalistas islámicos, donde la superpotencia invade a diestra y siniestra, controla voluntades y reconstruye nuevamente pueblos bajo un orden democrático, neoliberal y capitalista, ese fue precisamente el destino de los iraquíes y ese mismo parece ser el de los afganos cuando diez días antes de recibir el Nobel de la Paz, Obama ordenara el envío de 30, 000 soldados más a la guerra de Afganistan.(2)

Estados Unidos ha hecho posible que la guerra y la paz tal como la describió, o, ¿vivió?, Tolstoi, en su brillante novela La guerra y la paz, no sea más que un simple recuerdo ahora conciliable, posible y plausible en sus manos, cuando en su momento tan solo lo imaginó Carlomagno, Alejandro Magno, Napoleón o Hitler, el poder para destruir y construir un espacio en una misma campaña bélica y humanitaria a la vez, ahora lo materializa EEUU en su ofensiva contra los combatientes ilegales. Porque ahora lo mismo da bombardear ocupaciones civiles que bases militares o infraestructura de seguridad; bien en Cisjordania que en Afganistan, de ellos es la elección. De los talibán, asumir el riesgo de un exterminio que tenga que garantizar el suministro de víveres y medicamentos al resto de la población que expectante, temerosa, aterrada solo contempla el vuelo de aviones norteamericanos sin saber si arrojaran una bomba, lo mismo que un paquete de medicamentos o comida.

¿Desde dónde comprender la dignidad humana, hacia dónde orientar la libertad en la unipolaridad totalizadora del new world order en Oriente Próximo? Hacia esa comprensión-explicación del fenómeno palestino, terrorista y talibán es al que tendrán que aspirar las reflexiones de los estudiosos de las humanidades y las ciencias sociales en el siglo XXI.

GUANTANAMO
Para intentar una aproximación temeraria al problema empezaremos por mencionar desde dónde proclamamos una carencia de dignidad y de libertad humana si no es desde el estrado norteamericano, desde la tortura misma de Guantanamo. Y es que aun cuando recientemente Obama ordenara su cierre, ¿realmente cerró en el imago mundi la tortura? Para responder a esta pregunta es necesario remontarnos a las declaraciones de Dershowitz sobre la tortura, su justificación y el estatus de legalidad al que se pretende llevar (3). La cuestión no es torturar como una forma de castigar, es torturar como un mecanismo de acceso a la información que sabe el prisionero y de esta manera salvaguardar la vida de miles de personas en caso de un siniestro inminente del cual sospechamos pero sobre el que prevalece la opacidad del silencio.

Ahora, la tortura es introducida mediante discursos que fluyen como corrientes y flujos eléctricos a través de la mediatización de los medios de comunicación que están en poder y en servicio del Estado ¿algunas vez estarán en manos de sus televidentes?, ¿algún día el poder mediático se concentrará en sus principales actores, el pueblo; y si fuese así podrá existir para sí aun una mediatización, podremos seguir hablando de ella como tal en manos del pueblo?

Realmente no lo sabremos, lo que sí podemos observar hoy en día es que en la tortura como medio de defensa y de legitimación ante el mundo por parte del Imperio, se ha introducido como un tema en el estrado legal y eso es lo que nos debe poner a pensar, en que este mecanismo es aun más peligroso que un apoyo explicito a la tortura misma. Hoy día al menos se presenta la tortura de manera explícita como algo no deseable y hasta repugnable, en cambio, si ésta fuese legal permitirá a sus seguidores practicarla legalmente bajo un desahogo de conciencia en tanto a culpabilidad deontológica se refiere.

Nada más absurdo que intentar mantener en los límites razonables la tortura con un marco legal específico, pero ésta es la intención del Imperio para todos aquellos que constituyen el ala terrorista en Medio Oriente o que en su defecto no están de acuerdo con las imposiciones que Israel hace en este territorio, qué decir de los árabes palestinos quienes ahora tienen que lidiar ya no con las ambiciones de los herederos sionistas sino con las de una superpotencia que ahora también los ve con desdén y odio porque ahora “son también terroristas” (4) y parte del llamado eje del mal.

Cualquier posicionamiento ético en el mundo podría rechazar con facilidad esta postura utilitarista de los norteamericanos de querer llevar a un estrado legal la tortura y así mismo de etiquetar como terroristas a los árabes. Imaginemos que en Palestina se promoviera esta postura de la tortura a prisioneros estadounidenses e israelís, de ser así, no tendría la misma mediatización en medios que la alcanzada hoy en día por CNN o la BBC, ya que inmediatamente se encasillaría a los árabes como barbaros fundamentalistas, como irracionales islámicos y esto para occidente sería considerado como un abuso claro y tajante a los derechos humanos. Pero aquí el problema no es cómo lo imaginemos sino que desde la óptica de Oriente ésta postura no cobraría fuerza tal como si la cobra en Occidente.

Cuando los norteamericanos detuvieron a Abu Zubaydah, la supuestamente segunda persona más importante de Al-Qaida, los medios de comunicación discutieron abiertamente si debía ser torturado. La propia televisora NBC transmitió las declaraciones de Rumsfeld, quien señalaba que su prioridad era salvaguardar la vida de los norteamericanos y no los derechos humanos de los terroristas. Por su parte Alan Dershowitz señaló que la detención de Zubaydah es un caso típico de una situación límite, ya que no estaba probado que tuviera información inminente sobre un ataque terrorista y podría evitarse si se le torturaba, y además Estados Unidos con esta detención estaría dispuesto a violar los acuerdos de la Convención de Ginebra relativos al tratamiento de prisioneros enemigos.

Todo este debate tras el 11 de Septiembre, recobró más fuerza en la administración norteamericana, en especial por sus altos mandos, Rumsfeld y Ashcroft, y, el propio ex presidente Bush, quienes inmediatamente señalaron que Estados Unidos vivía un estado de guerra contra Medio Oriente y sus terroristas de Al-Qaida. Sin embargo, hoy en día las diferencias entre una situación de guerra y una de paz son cada vez más tenues, tal como sucedió en el conflicto en Israel, ya que en ambos casos se puede llamar un Estado decepción.

De esta manera la división entre amigos y enemigos no se da mediante el reconocimiento de una diferencia objetiva, esto ocurre tanto en el caso de Estados Unidos e Israel y en el caso de estos con los árabes palestinos, ya que en el caso de los primeros, el enemigo es siempre el primer agresor; no se le reconoce al pueblo árabe de esta manera por ser diferente, razón por la cual el mayor problema y la principal tarea de la lucha política en Medio Oriente en este siglo XXI es la de proveer y construir una imagen donde estas tres naciones se puedan reconocer a sí mismas. Los judíos no son el enemigo por antonomasia, sino que lo son en última instancia por su apariencia.

Los judíos al carecer de esa estructura interna e identitaria son una Nación negada entre las otras naciones y, su esencia nacional reside precisamente en esa ausencia de esencia, tan amorfa como infinita a la vez. En suma, el reconocimiento del otro por parte de Israel y Occidente, no se da desde su negación, mucho menos desde la violencia de la guerra o desde la tortura, ésta se da simultáneamente con la designación de ese “otro” como tal, en un proceso que descubra y construya su verdadero rostro: su rostro más humano.

Pero más tangible que esta falta de reconocimiento es la falta de sensatez tanto por parte de los palestinos, como de los árabes israelíes, ya que ambos sufren por parte de Occidente de una discriminación en la distribución de los recursos hídricos, en la propiedad de la tierra, en bienes y servicios como medicinas y hospitales. A Arafat, por ejemplo, en su momento se le exigió acabar con el terrorismo palestino al tiempo que Israel atacó militarmente a la autoridad palestina sin darse cuenta que los terroristas no sólo habitaban en su pueblo sino en las entrañas mismas de esta identidad binacional.

Y es que la cuestión ya no radica en la crueldad y arbitrariedad hacia los palestinos en los territorios ocupados, sino en que se les reduce su status como humanos, como homo sacer diría Giorgio Agamben. Reducción anticipada en la mediatización que Occidente ha difundido a través de sus discursos como terroristas y, esto los margina de la posibilidad de consolidar una memoria histórica plena, al no tratárseles como ciudadanos en plena igualdad de sus derechos, sino como objetos susceptibles de aniquilación en un territorio judío-cristiano. Allí es donde reside la más grande prueba ética que deberán superar los israelíes del siglo XXI, donde la expresión “Ama a tu prójimo como a ti mismo” signifique también “ama a tu vecino” y a un tiempo se exprese o un “ama al palestino”.

De esta forma es como el discurso historiográfico palestino que se decida emprender en el siglo XXI cobrará sentido. Y lo tendrá desde el reconocimiento del otro como uno mismo, “el sí mismo como otro” para evocar la pequeña ética ricoeuriana, empezando por Medio Oriente y enviando ese mensaje de unidad y de fortalecimiento de la memoria hacia Occidente. Ya que de esta forma, bajo el reconocimiento de la memoria histórica del “otro,” en su alteridad constitutiva, es como se podrá hacer frente y fortalecer una identidad binacional en el territorio que hoy ocupan israelíes y palestinos.

NOTAS

1.- “Criminals or pows? Debate swirls over status of al-Qaida, Taliban captives”. En The free lance-star 3 de febrero del 2002. Consultado en [http://news.google.com/newspapers?nid=1298&dat=20020203&id=WzIzAAAAIBAJ&sjid=iggGAAAAIBAJ&pg=6414,692453] el 30 de marzo del 2010.

2.- “Obama defiende la guerra justa”. El país. España 10 de diciembre del 2009. Consultado el 10/12/09 en [http://www.elpais.com/articulo/internacional/Obama/defiende/guerra/justa/elpepuint/20091210elpepuint_10/Tes]

3.- Alan Dershowitz, Want to Torture? Get a Warrant, january 22, 2002. Consultado el 26/03/2010 en [http://articles.sfgate.com/2002-01-22/opinion/17527284_1_physical-pressure-torture-terrorist]

4.- Barry Rubín, “¿Por qué los árabes odian a Estados Unidos?,” Foreign Affairs, enero-marzo, volumen 3, número 1; año 2003.

1 comentario:

  1. Es terriblemente acertada la relación con el régimen del tercer Reich, que, si algo le enseñó al mundo, fue la eficacia de construir ideologías y alienar al pueblo a través de discursos que justificaban acciones atroces (estrategia que EEUU ha puesto en práctica con desafortunado éxito desde la Guerra Fría).

    Habrá que preguntarse dónde queda la crítica y el análisis del pueblo norteamericano, pues debemos considerar que los discursos de su gobierno son creados precisamente para legitimarse ante ellos y sólo ellos pueden poner en jaque la peligrosa retórica bélica de sus gobernantes.

    Es un artículo inteligentísimo, gracias

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